Artistx Lisa Saldivar
Curaduría Lesdavag
Texto Victor Esquivel
Hay toda una movilización de memorias. Yo estoy pensando en que voy a llegar a ver un amanecer de este mundo oscuro que estamos viviendo; ese es mi deseo, porque yo siento que esa corriente ya está. En la memoria, en la música, en el ritual…
- Silvia Rivera Cusicanqui
Curaduría Lesdavag
Texto Victor Esquivel
Hay toda una movilización de memorias. Yo estoy pensando en que voy a llegar a ver un amanecer de este mundo oscuro que estamos viviendo; ese es mi deseo, porque yo siento que esa corriente ya está. En la memoria, en la música, en el ritual…
- Silvia Rivera Cusicanqui
El tránsito de personas rumbo a Estados Unidos de América siempre ha sido complejo; con cambios de patrones y dinámicas, sometidas a los constantes cambios políticos y económicos de las regiones involucradas. En un mundo pospandémico, Europa Occidental y Norteamérica fomentan el tránsito de mercancías y el turismo, pero relegan la seguridad humana de los habitantes del sur americano, del mundo árabe y de África, dando paso a una restrictiva securitización que permite justificar la indiferencia y la contención. En la Ciudad de México nos enfrentamos a un cruce de migraciones que convierten el territorio en una gran pieza de retazos sociales y culturales en constante tensión y cambio. Estos retazos de diversos géneros y procedencias se unen con hilos y agujas en una labor que nos recuerda una profesión que está íntimamente ligada a las mujeres latinoamericanas, pero también atravesada por la explotación, la inseguridad y la vulnerabilidad: la costura.
Liza Saldivar es originaria de Texas y migró a México para pintar, acompañada de un proceso personal bautizado como asimilación inversa en una búsqueda continua de la identidad, pero también para recuperar el conocimiento ritual y la historia sagrada de sus ancestras. Estos procesos no han sido libres de dolor, las herramientas para encontrar su técnica y visualizar la cromática de sus contradicciones culturales las ha encontrado a lo largo de un camino intrincado y podemos ver sus huellas aún frescas. Esas huellas también podemos encontrarlas en el cuerpo, en los cuerpos migrantes que sueltan sus posesiones para cruzar hacia ese otro lado donde tomarán otras marcas para cubrirse y camuflarse. Sabemos bien qué difícil es cubrirse con marcas para ocultar la herencia indígena, la herencia mexicana, la herencia latina. En un mundo en crisis migratoria, el cuerpo es un centro de choque al cual vestimos de etiquetas con distintos valores en el mercado.
Con los pies enraizados, Saldívar busca constantemente la liberación y estira su cuerpo para formar un puente sobre las fronteras, los muros y los ríos que le limitan. Y las manos que se estiran en señal de resiliencia, se sostienen del porvenir de la nueva mestiza. La pintura fue un medio que ahora es costura, los retazos de tela que ha recopilado en su camino le sirven como fragmentos para un firme discurso que va uniendo como une la memoria de las ancestras invocadas. Es allí donde vale rememorar la acción feminista latinoamericana de coser, urdir, resistir y reconstruir en la historia, procesos personales y colectivos de donde Liza se fortalece para crear las imágenes necesarias de una nación que no tiene territorio físico, un pluriverso donde habitamos los cuerpos queer y las mentes nahuales. La experiencia de la marginación y la exclusión sirven de contraveneno para curar la mordedura de la serpiente en un gesto a la sabiduría que emana de nuestros antepasados: después del odio, la sanación.
Retomando las huellas del cuerpo migrante, pensemos en las marcas que quedan en el cuerpo y las marcas con las que cubrimos los cuerpos. Es aquí donde los textiles y las costuras unen los patrones del sistema dominante, para vestir los anhelos del progreso, y codifican un sistema de valores, a presión de las sociedades blancas, para ocultar la verdadera piel cultural. Las marcas que plasman las etiquetas de la indumentaria, y que se venden por muchos dólares y euros, terminan en pacas migrantes que viajan para vestir a quienes quedan en los otros territorios que el mismo sistema denominó como en-desarrollo o el tercer mundo.
Saldívar recorta trozos de blue jeans, blazers y polos para zurcir composiciones de cuerpos fragmentados, estirados e imposibles, con una subversiva imaginación, pinturas textiles que hilan las múltiples y poliédricas identidades. El denim que fue fabricado en Tehuacán, para ser vendido en el fashion district de Los Ángeles, ahora es el cielo azul de un paisaje fronterizo; y el jersey de algodón, manufacturado en Chihuahua, para jugar al golf en Carolina del Norte, es el bucólico lavanda de un amanecer en el Río Grande.
Liza Saldívar funde sus manos estiradas en hierro e iza la bandera de un posible pluriverso, una bandera para la rebelión de los cuerpos que no son de aquí ni de allá, fabricada en tejidos stretch y que se tiende al piso para ser usada de puente, que se estira para subir los muros y burlar las fronteras; banderas que se enraízan desde el origen y se alargan para alcanzar el porvenir. En este presente caótico y de gran vulnerabilidad para muchos cuerpos en el planeta, es vital re-pensar en banderas que no nos separan, más bien unen retazos de experiencias colectivas y se componen de símbolos, significados y tradiciones en constante cuestionamiento y reconfiguración. Liza recopila los fragmentos de sí misma para reconstruirse y urde su propia bandera de liberación, porque -citando a Anzaldúa-, for this chicana la guerra de la independencia is a constant.