Artistx Invitadx en residencia Emiliano MOrris
Curaduría Lesdavag
TExto Juan Lopez
A pesar del estilo figurativo de la obra propuesta por Emiliano Morris, que nos permitenreconocer elementos que por fragmentos adquieren sentido, el conjunto de la composición raya entre lo desconocido y lo surreal, un campo fértil para tratar de entender los límites de lo comprensible. La acción dentro de este terreno vacila entre algunos elementos a los que podemos atribuirles una historia de la que alguna vez escuchamos algo y elementos divergentes, opuestos o ilógicos; la relación entre ellos resulta obra del absurdo o de un sueño. La propuesta del artista hereda de una tradición esperpéntica que va de Goya a Grosz, estilos que encuentran en el desatino y en la farsa el extremo de la realidad.
Los trazos minuciosos de estas pinturas al óleo dan pie a una mirada meticulosa capaz de enfocar detalles y gestos en un espacio pictórico reducido, que contrasta con la amplitud de los hechos retratados y su eco disonante. Con excepción de Calabazas, los otros cuatro cuadros parecieran salidos de una larga narración, un relato plagado de nudos dramáticos como los retratados, fragmentos con un largo horizonte que los antecede y al mismo tiempo los sucede.
Y lo que sucede en ellos tiene un aire trágico. 
El centro de una historia es su nudo dramático ansioso por alcanzar un final, un desenlace; sin embargo, desde una aceptación trágica de la realidad, de lo inmediato seco y desigual, que sabe aceptar los males y los placeres sin esperanzas de un “más allá”, no hay un desenlace que desate el nudo. El nudo es lo que nos mantiene atados, reunidos: ni individualizados ni desbordados; ni apolíneos, ni dionisiacos; ni sí ni no, pero tal vez; o ni uno ni otro sino todo lo contrario (que anudados ya son tres).
Me detengo en un cuadro, German engineering (‘Ingeniería alemana’) que, por su composición, podría resumir al conjunto de obras de Fin de la cosecha. Un cuadro dividido en dos planos, uno al frente bien detallado que muestra una maquinaria agrícola abandonada, inutilizada, a los pies de un conjunto de gente, en la parte superior, danzando en redondel, ardiendo en una forma de locura colectiva. El paisaje propuesto es una división de sentidos, un horizonte que divide lo de arriba y lo de abajo, que al mismo tiempo corresponden temáticamente (la agricultura, los campesinos y las campesinas bailando cerca de sus herramientas o incluso con sus herramientas en las manos), pero se oponen en su actitud, la inmóvil maquina alemana del título pareciera estar esperando a que la utilicen, que la hagan fructificar; en tanto que los campesinos ya no piensan en eso: festejan, celebran la cosecha y el gusto de haber fructificado y madurado. De cierto modo, la fiesta no es una revolución que busca acelerar el tiempo para alcanzar algo, sino por el contrario, celebrar, recordar un triunfo, un logro o un fracaso, constituye la cúspide de algo que ya ocurrió y, al mismo tiempo, la celebración se convierte en garantía de su repetición y de su abundancia para el siguiente ciclo agrícola. 

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