Artistx Felipe Jácome
Texto Juan López
La ciudad como función, como labor colectiva, como capacidad de asociación, nos convierte en engranajes de un mecanismo vivo, donde la primitiva existencia a salto de mata se domestica gracias a la cotidianidad y las costumbres, y, para ello, nos exige alimentarla (como en la antigüedad se alimentaba al sol con sangre). Desde esta perspectiva, resulta laberíntico tratar de entenderla: cada bulevar, calzada, avenida, eje y calle desemboca en algún callejón del que sólo se puede escapar saltando por la barda y corriendo por las azoteas a cielo abierto.
Todavía más difícil resulta darle un rostro a la Ciudad de México, donde los sentidos acelerados en permanencia por el ruido y el movimiento solo encuentran en el eco y los espejismos, las referencias más nítidas. Deslumbrado por el estruendoso resplandor, el peatón construye con su andar y su labor cotidiana un sistema de reconocimiento basado en la vigilancia mutua, un método de intercambio donde una o uno se reconoce por experiencia en la ciudad, y, a su modo, la ciudad se reconoce en una o en uno, cada vez que corrige la deseada normalidad con una circunstancia contestataria. 
Mural del Valedor desafía la imposibilidad por comprender la ciudad a través del fotomosaico, una técnica basada en la construcción de un retrato fotográfico conformado por un conjunto de innumerables fotografías independientes; en este caso, pequeñas placas de aluminio de impresión digital UV. Pero, sobre todo, Mural del Valedor se sostiene en la visión de sus creadores, cuatro fotógrafos y una fotógrafa: Enrique Medina, Armando González, Fredi Cabrera, Raymundo Guzmán y Martha Ramírez, integrantes del proyecto Mi valedor, quienes durante varias semanas recorrieron, bajo iniciativa del fotorreportero Felipe Jácome, el centro de la Ciudad de México, con el fin de encontrarle un rostro o, al menos, atribuirle una máscara.
Ellos cinco, en situación de calle, sienten la ciudad por experiencia; el peso de su circunstancia determina su mirada con el presentimiento propio de quien aprende a construirse un cobijo en las calles. Platicando con ellos, uno descubre que su vida depende de saber observar; sin embargo, y como relata Enrique Medina, para retratar la vida de la ciudad es importante entender sus sentimientos, es decir, hacer una pausa, tomar el tiempo para contemplar y contextualizar cada situación —el amplio espectro de participantes convocados por la coincidencia de cada circunstancia—, para no dejarse llevar por la rutinaque, con su petulante indiferencia, nos conduce forzosamente al sistema digestivo de la ciudad.
El salto representado en Mural del Valedor interpreta el salto dado previamente por Felipe Jácome, quien, con veinte años como fotorreportero, ha comenzado en los últimos tiempos a sustituir su papel de documentalista por el de los sujetos del reportaje, con el objetivo de convertirlos en los ojos y las voces del reportaje; una inversión creativa que no solo encuentra otro modo de dialogar y representar el tema de investigación, sino que tambiéntransforma el retrato en autorretrato: el ciudadano en luchador.

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