Artistx Harriet Gillett 
Curaduría por Lesdavag 
Texto curatorial Juan López
Cada que sopla el viento, ahora que es invierno, las hojas caen en desbandada y de entre todas ellas, hay alguna igual a todas las otras regadas sobre el suelo que, por alguna oscura razón, nos llama la atención por encima de las restantes; algo en ella nos habla sin saber por qué. Así la pintura de Harriet Gillett, cada objeto, cada rostro, cada sombra dibujada representa el pasaje de una historia apartada por la artista para recuperar su forma propia o su razón oscura.
Con una suerte de expectativa inteligente en la mirada, Harriet va persiguiendo con la pintura otra verdad en algunos objetos cotidianos. Cada uno de ellos representa umbrales de significado más amplios que, más que ideas, son sensaciones y presentimientos animados por el deseo de fusionarse con un lenguaje universal. Así, lo cotidiano, se aparta de la frivolidad de lo que nos resulta conocido a fuerza de repeticiones habituales. La artista muestra que las cosas no son reiteraciones, para ella las cosas son un método de reflexión basado en la duda y en la contemplación de la unicidad de cada cosa: una entrada o una puerta que se sostiene como los fantasmas, sobre un suelo que no vemos, el suelo de la incertidumbre.
A la vista, la pintura de Harriet revela borrosas siluetas que sugieren holgados bordes donde coinciden las sombras y el movimiento que dan cabida a vidas imaginarias o márgenes de vida de fantasmas aligerados de sus vidas, espectros que nos demuestran que la excepción está de nuestro lado, nunca del suyo; pues para nosotros la excepción es encontrar esos momentos y casi nunca las apariciones; sin embargo, para las sombras, lo corriente es escuchar a cada paso: “¡Acabo de ver a un fantasma!”. De este modo, el retrato supone una constancia cuyo solo resultado resulta fiable o no, constituye la prueba de lo invisible y silencioso entre el rumor de todos los días.
En la obra de Harriet el uso del pincel no es un accidente ni una costumbre de las escuelas de arte, sino una decisión de la artista, quien, a contracorriente de la tecnología, busca en sus herramientas de trabajo, en correspondencia con los motivos retratados, la memoria archivada en la materia. Su pintura rastrea la historia guardada o el momento que cada sujeto y cada objeto coincidieron y entraron en movimiento, una intención que halla en el rosa un color de encuentro entre diferentes tonalidades, luces, momentos y fines, donde las fuentes de luz desdibujadas confunden el día con la noche.
A pesar de que en sus trazos podemos identificar cierta influencia de artistas expresionistas y postexpresionistas, de Munch a Carrington, Harriet identifica su obra, sobre todo, con el realismo mágico, una inversión de géneros donde, por un lado, los recursos retóricos y poéticos podrían convertirse en el principio de creación por el cual el color y las pinceladas nos sumergen en aliteraciones, consonancias rítmicas, metonimias o metáforas de carácter plástico. Por otro lado, nos sugiere que, a la mitad de los hechos fríos y comprobables de la
vida cotidiana, las sensaciones, los sentimientos y muchas vagas ideas dan oscuras razones para intuir un misterio tras la vestimenta de las cosas.

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