Artistx Elaia Blades
Curaduría Lesdavag
Texto Juan López
Dicen que sólo los mexicanos vemos un conejo en la cara de la luna; lo sorprendente es que no todo mundo lo ve. Elaia Blades parte de este desconcierto para sincronizar miradas a partir de la comparación equidistante de dos deidades femeninas con referentes compartidos: Tlazoltéotl, diosa de la inmundicia y la purificación para los mexicas, e Ilargi Amandre, arquetipo lunar femenino de la mitología vasca. Dos cosmogonías separadas por siglos y geografías orbitan a la misma distancia de un principio compartido: la luna como reguladora de los ciclos vitales, la muerte como tránsito y la materia como memoria,explica Elaia Blades.
Ilargi Amandre y Tlazoltéotl forman parte del complejo de epifanías definido por Mircea Eliade como Luna-agua/lluvia-vegetación-la regeneración periódica -fertilidad- mujer-contar/hilar. Deidades que responden a la secuencia de 28 días que rigen el crecimiento de la vegetación, pero que en el caso de Tlazoltéotl se asienta, también, tanto en el crecimiento del maguey y del algodón, como de los deseos sexuales, con sus impurezas y suciedades, que culturalmente hace falta tragar y limpiar.
Ambas deidades, protagonistas de antiguas mitologías, parecieran haber sido enterradas en el pecho de sus fieles; sin embargo, conviene recordar lo que Séjourné aseguraba sobre las antiguas religiones mesoamericanas: Sabida es la importancia de las figuraciones divinas en las culturas prehispánicas […] Pero, a pesar de su importancia, hay motivos para pensar que el culto de estos dioses debía limitarse estrictamente a las castas dirigentes y que su influencia no debió hacerse sentir en las zonas algo alejadas de los centros religiosos. Así, las deidades, con los atributos y propiedades que sus sacerdotes conocíanrigurosamente, permanecían solo en manos de estos; en cambio, para el resto de los devotos flotaba una suerte de intuición atribuible a ellas que cobraba forma de elementos cotidianos; fuente de encantamientos y sustento de la vida, a los que todavía se les puedecantar, esculpir, comer e intervenir de diferentes sentidos. En el caso de Tlazoltéotl, el maguey constituía su forma más comprensible, una planta familiar al paisaje mexicano y base fundamental de una extensa industria y economía: de su fibra (ixtle) se pueden realizar infinidad de objetos y alimentos, sin olvidar el aguamiel que, vuelto pulque, puede devenir en ebriedad. Por su lado, Ilargi Amandre, “luz de los muertos” en euskera, era representada por medio de piedras funerarias circulares orientadas al este, decoradas con triskeles, espirales, flores de seis pétalos y ruedas solares, que simbólicamente refieren al poder de la luna para iluminar el camino de los muertos.
Equidistantes cobra vida en la forma de imágenes yuxtapuestas que, por medio de la impresión lenticular, ganan profundidad y crean la sensación de movimiento dentro de un espacio monocromático e impreciso, que permite la coincidencia de cosmogonías: un juego óptico que se basa en la sospecha, en el presentimiento o en la intuición de la existencia deun agente o una presencia invisible, pero innegable, que late detrás de todo. En este caso, Ilargi Amandre y Tlazoltéotl, más allá de su complicidad etimológica, intervienen como palancas, como herramientas intuitivas de lo que le da sustento, vida y fuerza a lo cotidiano, por llamarlo de alguna manera. ¿Es la intuición la mejor manera de llamar a esta sensación de ausencia detrás de todo, a esta impresión deficitaria, a esta huella ansiosa por saber quién la dejó? Seguramente no. Elaia Blades traza otras soluciones que, un segundo después, se convierten en signos de interrogación; representaciones de la alteridad, cuya falta nos cuestiona. Estas secuencias de sensaciones y presentimientos equidistantes de su respuesta, son la vida que les da forma.

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