Artistx Jay Lee
Curaduría Lesdavag
Texto curatorial Juan López
Curaduría Lesdavag
Texto curatorial Juan López
“Estamos exactamente aquí”, de pie frente a montañas y témpanos de hielo. Cada una de las obras de Jay Lee da una sensación de complicidad o intimidad con fuerzas de la naturaleza que parecieran no ser sino la propia imagen de la Tierra y su nacimiento. Por medio de diferentes técnicas de impresión sobre soportes muy distintos por su aspereza u homogeneidad, todas ellas exploran su orografía característica y se presentan como pálidos recuerdos desvaneciéndose en la memoria. De la relación entre geología y tiempo nace la reflexión de Jay Lee en torno a la memoria encarnada en icebergs y montañas.
Dentro de las discusiones sobre el tiempo, la aparición de la geología planteó un modelo opuesto al tiempo lineal determinado por su medición cronológica. El choque de las placas tectónicas, que dan pie al surgimiento de las montañas, permite el encuentro de diferentes capas geológicas correspondientes a periodos distantes. Bajo esta consideración, el filósofo Michel Serres propone una comparación apropiada: el tiempo cronológico es semejante a un pañuelo perfectamente planchado, donde cada esquina se encuentra en extremos opuestos y mensurables; sin embargo, si repentinamente el pañuelo es usado, las antiguas extremidades en un instante pueden encontrarse plegadas una junto a otra. De esta forma, el obrar o un accidente puede hacer coincidir momentos apartados. Las montañas constituyen la manifestación de este modelo.
Por sus dimensiones, altura, verticalidad y forma la montaña ha cobrado un papel simbólico fundamental en diferentes culturas, ya sea como eje, centro, ombligo del mundo; cruce de caminos entre el cielo y la tierra que encierra los opuestos: construcción y destrucción, afirmación y negación, pero también arquetipo de la ascensión espiritual, entre muchas otras ideas asociadas a ella.
Dentro de las culturas mesoamericanas, el altépetl o “montaña de agua” definía el levantamiento de un pueblo identificado por una lengua y una religión. De este modo, como entidad cultural, es decir, como forma de comunión, la montaña o las montañas, corresponden más a una identificación colectiva que a una formación geológica. En nuestro imaginario, en el imaginario mexicano, cada montaña corresponde al orden social de sus habitantes, pero también al de sus vecinos.
Su imagen da forma a un modo de pensar y de pensarse. La montaña funciona como un referente preciso dentro de una vasta extensión geográfica, corresponde a un ahí fijo y en ningún otro sitio. En consecuencia, cada ir y venir, no es sino un seguir los caminos que la montaña dibuja, aleja o esquiva, pero, sobre todo, la conciencia de que en su dibujo, en su representación reside nuestro reconocimiento como caminantes de paso, en tránsito, y la
montaña, memoria de la tradición, fragmento de inmortalidad. “Viejas las montañas y todavía reverdecen”, declara un proverbio.
- Juan López